viernes, 7 de noviembre de 2008

Mentiras, sexo y cintas de vídeo


Una mentira lleva siempre a otra mentira, y ésta al sexo... con lo cual el sexo es una gran mentira. Puedes corroborarlo grabándolo en cintas de vídeo. Pero no creas todo lo que ves. La magia del cine existe. Otra gran mentira que lleva a otra mentira, que es el mundo en el que vivimos.

jueves, 6 de noviembre de 2008

El principio de algo...

Suaves. Muy suaves. Tenía los brazos extremadamente suaves. Mil plumas podrían deslizarse por sus brazos color canela, a veces amarillenta, una tras otra, como niños que bajan despreocupados por un tobogán. Ligeras, siguiendo las curvaturas e imperfecciones, pocas, de su piel. Se depilaba los brazos frecuentemente, con cera en el mayor número de ocasiones, con cuchilla, en los momentos de mayor inseguridad e introspección. Como ahora. No le gustaba nada ver su cuerpo desnudo adornado con vello, lo aborrecía. A veces la pereza le generaba una gran aversión hacia sí misma, y no era capaz de mirarse más de dos veces seguidas al espejo, cuando el pelo poblaba ciertas zonas de su cuerpo. Por lo general eran las cejas, que tras días sin depilar le producían un odio muy similar al que sentía por su madre, cuando hablaba con ella por teléfono y de repente su tono se volvía apático y desganado y no sabía el porqué.
Sus brazos brillaban bajo la poca luz que se colaba por el ventanuco. Y es que a esas horas apenas daba el sol en ese lado del patio, y el plástico opaco que estaba pegado al cristal envilecía todavía más la estancia. Aquel plástico, que fue lo primero que vio al entrar en el baño, y le pareció cutre para su casa, pero todavía sigue ahí, luchando por mantenerse entero, y cumpliendo su función. Aun así su piel resplandecía. Gotas de sudor se mezclaban en sus poros con gotas de vaho, cubriendo sus extremidades con un fino manto, que cualquiera hubiera querido retirar gustoso de un lametazo.
Las manos le colgaban relajadas, con los dedos abiertos, como extasiados, dados de sí. Arrugados y morenos, los dedos concluían en unas uñas roídas, desconchadas, entre las que se dejaba ver un esmalte rojo. Y es que la vida no le había dado descanso en mucho tiempo como para que dejara de mordérselas. Tampoco para que dejara de fumar, o de beber… El rojo putón había dejado paso al rosa dulzón, infantil y enternecedor, ya casi sin simbología. Aunque realmente sólo se había pintado las uñas aquella mañana porque le hacían juego con los zapatos, que sí tenían simbología.
A la altura de los codos, casi en el límite del borde de la bañera, estaba el agua, rebosando, luchando por quedarse dentro del gran recipiente marmóreo. Era una bañera italiana del siglo XIX, de esas que pasan de padres a hijos, generación tras generación. Y después había pasado a ella. En un mercadillo había conocido a un anticuario, bastante atractivo, demasiado para su gusto. Petulante, redundante, convincente. Tanto que acabó llevándose la bañera italiana y un jarrón a juego, que había roto no hacía demasiado tiempo en un intento por soltar la rabia que llevaba dentro. Apenas le costó seiscientos euros. Tenía las patas doradas, imitando las de un animal, un león casi con total seguridad, al igual que el grifo, por el que no siempre salía el agua a la temperatura deseada. El recipiente era blanco, sin brillo alguno, con arañazos y golpes en el lado derecho que su primer dueño habría hecho al intentar sacar la bañera de su piso. Una bañera que era como un huevo duro por fuera, y a veces igual de maloliente por dentro.
Ambos antebrazos se descolgaban sin pudor desde el borde hacia el suelo. A veces sus dedos se movían, despacito, sin prisa, haciendo crujir las articulaciones de las falanges y también los nudillos, con posturas que fácilmente podría adoptar un enfermo de artrosis.

Quiero que el salón huela al humo de tu pipa, el tabaco avainillado que has fumado tantas décadas. La mecedora se mece sola, al compás del viento que entra por la rendija de la puerta. Todavía recuerdo cuando entraba en la habitación y tú estabas allí, de espaldas a mí, con tu tic gutural que tanto me molestaba cuando veíamos la tele. Y el olor a Agua Brava que se metía cuidadosamente por mis fosas nasales, para hacerme vomitar cuando se mezclaba con mi desayuno. Los abrazos eternos que me hacían sentir como dentro de un saco de arrugas. El vaso de agua del baño, por las noches, lleno de dientes y encías, y besos. Y ahora que soy joven recuerdo con ternura cuando éramos mayores y no teníamos prisa por la vida, qué lejos quedaban entonces las trivialidades y los errores. Qué lejos la muerte, que ahora saboreo más de cerca según me acerco a la niñez, el momento en que me olvidaré de que tengo ideas, todo será más fácil, y te olvidaré. Regresaré al vientre materno y entonces volveré a nacer. Qué felices éramos de viejos, amor, pero un día desapareciste y no sé dónde volverás a aparecer. Ayer, paseando, por la calle, olisqueé un tabaco avainillado y te recordé...

miércoles, 29 de octubre de 2008


¿Sabes? Me da igual... No voy a concederte ni un minuto más de mis pensamientos.

martes, 21 de octubre de 2008


En el límite del Bien y del Mal
A punto de apagar el interruptor
Y abrir la mente a un nuevo mundo
Come back home
But you will never be the same

viernes, 17 de octubre de 2008

Denominaciones de origen


Es sorprendente cómo las "denominaciones de origen" pueden llegar a trastocar tu personalidad, tu vida y la de los que te rodean o quieren rodearte. Desde que naces hasta que mueres la sociedad en la que nos ha tocado vivir nos etiqueta: eres la hija de..., la nieta de..., la puta de..., la amiga de..., la novia de... Y lo peor es que el sambenito no te lo quita ni Dios. Se te acumulan las etiquetas y por mucho que cambies o te escindas de las personas por las que tienes denominación de origen, nunca serás tú, sino "la de". Yo soy la hija de Paco y Loli, la nieta de Ser, la puta de 4º de la ESO, y "la novia de". Realmente sólo las dos primeras afirmaciones son ciertas, pero YO SOY YO, una persona para empezar, indisoluble, que no necesita de ninguna etiqueta para vivir, pero las etiquetas no me dejan seguir viviendo.

miércoles, 15 de octubre de 2008


Mi blog se ha convertido en un vómito sentimental... puag!

El mundo al revés


Es increíble cómo el destino te la juega a cada paso que das. Y nunca te complace, porque nunca te deja hacer las cosas a tu manera. Él ha decidido cuáles son tus pasos y no puedes hacer nada por cambiarlos. Es el juego que nos tiene preparado el destino, el juego del mundo al revés: lo que uno quiere en cada momento es inversamente proporcional a lo que uno no quiere en ese momento. Algo así como lo que yo quiero ahora no me va a venir dado hasta que yo deje de quererlo... !Juego cruel¡ ¿Y si engañamos al destino y le hacemos creer que no queremos nada? ¿Nos devuelve todo? Igual que nosotros fingimos, todos fingen, el destino finge... el mundo está patas arriba. Dentro de X tiempo me vendrá lo que quiero ahora, pero entonces ya no lo querré. Y ahora me viene lo que quise durante mucho tiempo... Pero se la jugué al destino, porque realmente no lo quería, ni antes ni después.

martes, 14 de octubre de 2008

I´m crawling in the dark


I will dedicate and sacrifice my every-thing
for just a seconds worth of how my story's ending
and I wish I could know if the directions that I take
and all the choices that I make won't end up all for nothing.
Show me what it's for
make me understand it
I've been crawling in the dark
looking for the answer
is there something more
than what I've been handed?
I've been crawling in the dark
looking for the answer.

Help me carry on
assure me it's ok to
use my heart and not my eyes
to navigate the darkness
will the ending be
ever coming suddenly?
will I ever get to see
the ending to my story?

So when and how will I know?
How much further do I have to go?
and how much longer until I finally know?
cause I am looking and I just can't see what's in front of me
in front of me.

jueves, 9 de octubre de 2008

El fin del romanticismo

Qué daño nos han hecho las películas a las mujeres, que todavía pensamos que nuestro príncipe azul nos está esperando a la salida de casa, con un ramo de rosas rojas y bombones adelgazantes. Pensamos que nuestro príncipe nos va a mantener toda la vida, nos pedirá matrimonio tras un mes de relación, con sexo pasional y entregado, y "sí, mi vida" y "sí, mi cielo" cada vez que te llama, una de esas mil llamadas que te hará en el día, sólo para decirte "te quiero" o "sólo te llamo para saber si estás bien". Ese príncipe guapo, simpático e inteligente, pero no demasiado, por lo menos no más que tú, que en vez de en un caballo cabalga sobre un Ferrari. Qué sólo te mira a ti y no mira de reojo a ninguna pechugona cuando vais felizmente abrazados por la calle. Que te ve cansada cuando llegas de trabajar y ya te ha preparado tu comida preferida, con un mandil y nada más debajo. Ese príncipe que a los dos días ya te ha presentado a toda su familia, y encima te tratan bien. Ese príncipe no existe ni siquiera en las películas. Pero a estas alturas de la vida yo me conformo con la rana. Fuera romanticismos. Croac.