
lunes, 19 de enero de 2009


--¿Cuánto tiempo hace que no estás con una mujer?
--Cuatro años.
--¿Cuatro años?
--Sí.
martes, 16 de diciembre de 2008

Siempre nos hacemos una imagen equivocada de los demás, y siempre es mejor o peor de lo que luego la persona es en realidad. De ahí salen las grandes amistades y también las grandes decepciones. De la primera opción saldrán futuros chascos y de la segunda saldrán barreras que te impedirán confiar en otra gente. Con lo cual se nos plantea un resultado bastante desolador, aunque bastante realista por otra parte: no se puede confiar ni en uno mismo. Porque nosotros también nos decepcionamos a nosotros mismos muchas veces, de hecho, éstas son las peores decepciones, los peores chascos. Es complicado llegar a conocerse a un nivel tal, que tus actos, pensamientos, palabras,… no lleguen nunca a hacerte sentir mal. ¿Quién eres de verdad? ¿Quién eres cuando ni si quiera tú mismo sabes quién eres? ¿Eres una decepción? ¿Si eres una decepción para ti mismo lo eres también para los demás? ¿Puedes ser decepcionante sin decepcionar a los demás? ¿Será que cuando uno se conoce a sí mismo, jamás se puede sentir decepcionado y por lo tanto, jamás nadie lo decepcionará? Me siento perdida en el universo de mí misma, y me parece que he perdido la memoria y los recuerdos porque no sé quién soy, y por eso sólo puedo decepcionarte.
miércoles, 10 de diciembre de 2008

lunes, 24 de noviembre de 2008
El rock me produce melancolía
jueves, 20 de noviembre de 2008
Con el permiso del señor Cortázar...
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca, y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuvieramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Mentiras, sexo y cintas de vídeo
jueves, 6 de noviembre de 2008
El principio de algo...
Suaves. Muy suaves. Tenía los brazos extremadamente suaves. Mil plumas podrían deslizarse por sus brazos color canela, a veces amarillenta, una tras otra, como niños que bajan despreocupados por un tobogán. Ligeras, siguiendo las curvaturas e imperfecciones, pocas, de su piel. Se depilaba los brazos frecuentemente, con cera en el mayor número de ocasiones, con cuchilla, en los momentos de mayor inseguridad e introspección. Como ahora. No le gustaba nada ver su cuerpo desnudo adornado con vello, lo aborrecía. A veces la pereza le generaba una gran aversión hacia sí misma, y no era capaz de mirarse más de dos veces seguidas al espejo, cuando el pelo poblaba ciertas zonas de su cuerpo. Por lo general eran las cejas, que tras días sin depilar le producían un odio muy similar al que sentía por su madre, cuando hablaba con ella por teléfono y de repente su tono se volvía apático y desganado y no sabía el porqué.Sus brazos brillaban bajo la poca luz que se colaba por el ventanuco. Y es que a esas horas apenas daba el sol en ese lado del patio, y el plástico opaco que estaba pegado al cristal envilecía todavía más la estancia. Aquel plástico, que fue lo primero que vio al entrar en el baño, y le pareció cutre para su casa, pero todavía sigue ahí, luchando por mantenerse entero, y cumpliendo su función. Aun así su piel resplandecía. Gotas de sudor se mezclaban en sus poros con gotas de vaho, cubriendo sus extremidades con un fino manto, que cualquiera hubiera querido retirar gustoso de un lametazo.
Las manos le colgaban relajadas, con los dedos abiertos, como extasiados, dados de sí. Arrugados y morenos, los dedos concluían en unas uñas roídas, desconchadas, entre las que se dejaba ver un esmalte rojo. Y es que la vida no le había dado descanso en mucho tiempo como para que dejara de mordérselas. Tampoco para que dejara de fumar, o de beber… El rojo putón había dejado paso al rosa dulzón, infantil y enternecedor, ya casi sin simbología. Aunque realmente sólo se había pintado las uñas aquella mañana porque le hacían juego con los zapatos, que sí tenían simbología.
A la altura de los codos, casi en el límite del borde de la bañera, estaba el agua, rebosando, luchando por quedarse dentro del gran recipiente marmóreo. Era una bañera italiana del siglo XIX, de esas que pasan de padres a hijos, generación tras generación. Y después había pasado a ella. En un mercadillo había conocido a un anticuario, bastante atractivo, demasiado para su gusto. Petulante, redundante, convincente. Tanto que acabó llevándose la bañera italiana y un jarrón a juego, que había roto no hacía demasiado tiempo en un intento por soltar la rabia que llevaba dentro. Apenas le costó seiscientos euros. Tenía las patas doradas, imitando las de un animal, un león casi con total seguridad, al igual que el grifo, por el que no siempre salía el agua a la temperatura deseada. El recipiente era blanco, sin brillo alguno, con arañazos y golpes en el lado derecho que su primer dueño habría hecho al intentar sacar la bañera de su piso. Una bañera que era como un huevo duro por fuera, y a veces igual de maloliente por dentro.
Ambos antebrazos se descolgaban sin pudor desde el borde hacia el suelo. A veces sus dedos se movían, despacito, sin prisa, haciendo crujir las articulaciones de las falanges y también los nudillos, con posturas que fácilmente podría adoptar un enfermo de artrosis.



